Richard Feynman sobre la fragilidad de la opinión pública

“No sé qué le pasa a la gente: no aprenden entendiendo; aprenden de alguna otra manera, de memoria o algo así. Su conocimiento es tan frágil” -Richard Feynman

Tendemos a sacar conclusiones sobre experiencias puntuales, historias que nos cuenta la gente, o rumores que escuchamos o se circulan por las redes sociales. Estas conclusiones circulan sin límites ni forma de que alguien las compruebe, hasta que con el tiempo las empezamos a considerar como sentido común. No por su utilidad, sino por cuanto se han extendido

En lugar de llamarlos interpretaciones, los llamamos sentido común, o alguna palabra connotativa similar que implica un estado inmutable y universal que no está abierto al debate, lo que les otorga una autoridad que no se han ganado.

Con demasiada frecuencia, estas ideas se vuelven inmunes a la falsificación de pruebas, testeo de sus premisas con experimentos, y cualquier nueva evidencia se interpreta a través del lente de la teoría.

Por ejemplo, asumimos que las mejores horas para dormir son entre las ocho de la noche y las nueve de la mañana. Esta franja se ha considerado siempre como la franja en la que suele dormir la gente, y dormir antes o despertarse más tarde se suele considerar como algo inusual, y son muchas las personas que argumentan en contra de hacerlo.

Pero, ¿es ésa una ley histórica, en el sentido inviolable? ¿Siempre sera así? Independientemente de las condiciones iniciales o los desarrollos a lo largo del camino, no podemos afirmarlo o negarlo. Son las horas que se han usado desde que tenemos uso de razón, y simplemente no las hemos cuestionado porque cualquier pregunta al respecto resulta en una reacción de sorpresa y negación.

Pero en realidad, esta idea no se ha probado. No se ha comprobado cuál es el horario ideal para dormir y mucho menos cuales son los elementos más importantes a la hora de dormir. El resultado es que imponemos unos horarios basados en las tendencias globales, que no tienen porque ser ideales a nivel de salud.

Este es un ejemplo un tanto ridículo, en el sentido de que sus ramificaciones no son tan importantes. Pero ha habido otros ejemplos históricos de importancia vital, como la tendencia a no lavarse las manos de los médicos antes de operar, la tendencia a usar mercurio como maquillaje o la de quemar a personas cada vez que hubiese una mala cosecha.

No nos damos cuenta, pero gran parte del conocimiento que consideramos como inamovible, o que quizá ni siquiera consideramos al pensar, es conocimiento cuya veracidad no se ha comprobado y que por lo tanto aumenta el riesgo y aleatoriedad asociado a cada decisión que tomamos.

Quizá no es importante para temas como la hora a la que dormimos, pero es de vital importancia cuando se trata de temas como escoger medidas políticas, tomar decisiones a nivel de empresa o escoger nuevas terapias para curar alguna enfermedad. Un ejemplo histórico, fue el los efectos negativos de crear fronteras arbitrarias, que resultaron en luchas internas en los “nuevos países”, y masacres étnicas.

La próxima vez que vayamos a tomar una decisión importante, quizá merece la pena que nos tomemos algo de tiempo para pensar en la validez de nuestras premisas. Si no tenemos forma de probarlas, lo mejor que podemos hacer es intentar determinar su probabilidad de ser ciertas.

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